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Nada es lo que parece en Arraial

11 de Febrero de 2008

Cualquiera que escucha hablar del parque central de Arraial d’Ajuda se imagina vegetación exuberante alrededor de lagos cristalinos, con senderos de gente trotando, todo rodeado por las propiedades más caras de la ciudad. Pero esto no es New York aunque tenga Central Park y Broadway, y la realidad es que el parque central no es ni central ni es parque, sino más bien una superficie vacía y polvorienta, que separa y protege los ojos del turista de las pobres periferias arraianas.

No es lo único en arraial que no es lo que parece según su nombre, ya he hablado del bar de Hugo y siguiendo esa saga de cosas mal definidas de este lugar me referiré ahora al bar de Dalva. Parecerá sorprendente, pero el tantas veces mencionado bar de Dalva tampoco es un bar. Para empezar, el bar de Dalva ni siquiera se llama bar de Dalva, no hay ningún cartel que diga “Bar de Dalva” o Dalva, o nada que haga pensar que ese lugar es el famoso bar de Dalva, incluso usted puede estar meses bebiendo y desperdiciando horas de su vida sobre sus mesas azules tatuadas con los pingüinos de Antarctica, sin sospechar que se encuentra en el bar de Dalva.

Entonces:

1. ¿Por qué todo el mundo se refiere a este lugar como el bar de Dalva?

Simplemente porque la dueña se llama Dalva y porque la gente bebe (y mucho) en este lugar.

2. ¿Pero por qué entonces no es un bar si la gente bebe allí como en cualquier bar?

Porque el bar de Dalva es un kiosko, señor, un kiosko birrero a la manera argentina. Y por eso está lleno de fisuras de la peor clase.

3. Ok. ¿Pero por qué entonces gente que no es fisura también le gusta cada tanto tomarse una Skol o Nova Schin allí?

Porque está justo al paso entre la estrada de Mucugê y la Broduei, es decir: todo el mundo en algún momento del día o de la noche pasa por este lugar; y sobre todo, porque es uno de los pocos lugares en los cuales la cerveza aún se puede conseguir a 2.5 R$.

Supongamos entonces que luego del anterior Faq a usted le ha quedado claro que el bar de Dalva no se llama así y que tampoco es un bar, pero está exhausto de trabajar; o si es turista, de pasar todo el día en la playa quemándose insensatamente bajo el sol bahiano, y se quiere tomar una cerveza antes de ir a dormir sin que peligren sus ahorros o su tiempo de estadía.

El procedimiento que debe realizar es el siguiente: viene desde la estrada de Mucugê y entra por los senderos de barracas iluminadas que venden todos los tragos que se pueden hacer con el vodka y la cachaça más dudosa. Ahí usted gira hacia la derecha y entra al kiosko de la señora Dalva y primero se compra unos cigarrillos a precio de tabla oficial (Dalva es la única que vende cigarros a precio oficial a la noche, también por eso todo el mundo pasa por aquí), después usted pide su cerveza, pide su vaso de vidrio, agarra una de las mesas apiladas a la derecha y simplemente la coloca en el medio de la calle o donde más le guste: porque el bar de Dalva no tiene límites preestablecidos, de hecho no termina realmente en ningún lado, el bar de Dalva es en teoría infinito, usted coloca la mesa si quiere en otro bar o en otra ciudad si le dan las piernas y no se le cansan mucho los brazos.

Luego encara y pide a los habitúes un par de sillas sueltas que siempre quedan colgadas cuando alguno se fue por ahí a dar una vuelta o a drogarse. Las pocas sillas del bar de Dalva (y esto es realmente revolucionario) se reciclan mediante un procedimiento llamado multiplexación, a través de este ingenioso mecanismo Dalva y sus empleados con esas pocas sillas consiguen mantener multitudes de borrachos sentados a lo largo de toda una noche; porque está claro que no todos dejan una silla libre para ir a drogarse al mismo tiempo.

Una vez que usted se hizo con la ansiada silla y la ansiada mesa, la colocó en el lugar que quiso, se sirvió la Nova Schin, la Skol, o la Antartica; ahí usted empieza a beber y a ver la ciudad fluir frente a sus ojos, empieza a ver gente que pasa veinticinco veces hacia un lado y veintiséis en la dirección contraria, y empieza a observar y vivir el maravilloso espectáculo de la multiplexación en las mesas contiguas.

Hay algo más que aclarar sobre el Dalva, esto que voy a agregar va a parecer cursi, va a parecer un golpe bajo, una jugada de pizarrón de escritor jubilado, pero no, es la verdad más pura, y la verdad no se le niega a nadie: el bar de Dalva, el sitio preferido de todos los fisurados, de todos los pirados, de todos a quienes les falló el prueba y error en su propio cuerpo y se dirigen a una catástrofe inevitable; está justo enfrente a un cementerio.

Alguno acotará con sensatez que eso no tiene nada de raro, que los bares de la Recoleta en Buenos Aires también están enfrente a un cementerio y nadie dice nada. Pero la comparación no viene al caso, el bar de Dalva no sólo está enfrente a un cementerio, aquí las mesas sobre la calle están a no más de 5 metros de la entrada y de las primeras tumbas.

Casi nadie se da cuenta de este hecho, muchos de los quemados que pululan por este sitio ni se enteraron que ese paredón blanco y esa cruz blanca sobre la puerta a listones verticales de madera, es en realidad un cementerio antiguo lleno de tumbas, cruces y muertos abandonados.

Todos hablan de la plaza, todos dicen la plaza, pero la plaza; como el parque central, como el bar de Hugo, como el bar de Dalva; tampoco es lo que parece ser, y a decir verdad, de plaza no tiene nada.


Autor: Marcelo Lagoa - click sobre el autor para ver sus textos ordenados.



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