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9 de Febrero de 2008

Hoy he visto a Clarice y a Papito bebiendo una cerveza en la Broduei. Estaban solos, no parecían borrachos ni nada, sólo bebían y hablaban de quién sabe qué en el conveniencia 24 horas mientras el mundo alrededor los ignoraba. He pasado por la vereda y ninguno de los dos me ha visto. Ahora estoy en mi cuarto ya cambiado y a punto de dormir y me pregunto como se conocieron. Sé que es una pregunta sin sentido si se quiere. Todos acaban conociéndose aquí en Arraial. Están en la calle todo el día, dando vueltas por los bares, la mayor parte del tiempo solos, y acaban conociéndose. Es inevitable.

Pero hacía tiempo que no se la veía a Clarice por ningún lugar. Luego de que la echaron de la posada, sólo la vi una vez desde lejos; un mediodía en que yo iba caminando por la Broduei y ella iba cruzando desde la plaza de artesanato hacia la Praça São Bras. Debería tomar el hecho de que se conocen como algo normal y dormirme y listo. Sin embargo no puedo, me pregunto si Clarice habrá tenido alguna otra crisis de abstinencia, si Papito habrá podido hablar con el consulado de Salvador y conseguido alguna manera de irse de aquí.

Vuelvo a vestirme y salgo a la calle. Al pasar frente a ellos, Clarice me ve y sonriendo hace señas para que me acerque. Me saluda con un abrazo afectuoso. Papito me da la mano y sonríe. No está borracho pero se nota que ha bebido bastante. Me obligan a sentarme y a compartir su cerveza. Papito me llena el vaso y la botella se acaba. Clarice rápidamente la quita del forro de telgopor y se la muestra al mozo para que traiga otra. Se la ve mejor. Sus movimientos son más rápidos y su sonrisa se curva hacia arriba casi como en una sonrisa normal.

Le pregunto si está mejor. Me dice que sí, que ha dejado la morfina y que hasta ahora no ha tenido ninguna crisis. Está en una posada nueva y dice que la gente es buenísima, nada que ver con Adriane y João, que tratan todo el tiempo de meterse en la vida de los huéspedes.

Lo miro a Papito y le pregunto cómo es que se conocieron. Me dice que Clarice estuvo las últimas semanas de novia con un tal Javier y me pregunta si lo conozco. Le digo que no.

Al parecer el tal Javier es un argentino al cual Clarice conoció en la playa y que una vez que se cansó de vivir de la tarjeta del crédito y del dinero que las hijas y el ex-marido de Clarice le depositan, decidió irse a Río de Janeiro de un día para el otro. Clarice pone cara de tristeza y Papito dice, que a una mujer así no hay que dejarla nunca, que hay que llevarla dentro de la mochila hacia donde sea. Le pregunto a Papito si consiguió algo con la gente del consulado, y me responde que no, que no pudo llamar, pero que alguien por ahí le está gestionando la manera de irse. No lo dice demasiado convencido.

Bebo mi vaso de cerveza. Clarice le habla maravillas de mí a Papito, le dice que yo era la única persona buena en esa posada. Papito asiente y agrega comentarios como si me conociera de toda la vida. Cada vez que se acaba una botella, Clarice pide otra.

Es tarde, tal vez la 1 de la mañana o algo así, pero aún hay mucha gente en las calles. Siempre hay gente en las calles de Arraial, en los bares, en la plaza; o simplemente circulando de un lado a otro toda la noche. Nadie vive en sus cuartos de posada, estamos siempre en la calle, la ciudad es parte de nuestra casa. La calles son nuestro living-room.

Desde la esquina vemos venir a Ramiro y a Hugo. Clarice se para y hace gestos desmedidos para llamarles la atención y que se acerquen. Se acercan. Parece que también se conocen. Está claro: vivimos todos juntos en esta casa enorme que es Arraial d’Ajuda. Papito lo conoce a Hugo porque vinieron juntos y eran amigos en Argentina. Ramiro lo conoce a Hugo porque ambos son Argentinos y comparten vicios comunes. Yo lo conozco a Ramiro porque me gusta el tenis y él es profesor. Clarice lo conoce a Papito porque Papito conocía a Javier que a su vez conocía a Hugo que a su vez salía con Clarice. Clarice me conoce de la posada porque nuestros cuartos compartían baño.

Entonces todos estamos sentados a la misma mesa; sobre la Broduei, en el conveniencia 24 horas; al este Hugo, al noreste Ramiro, al oeste Papito, al norte yo y al sur Clarice. Hugo ya se vuelve a la Argentina, ha resuelto el alquiler del bar y ya tiene los pasajes comprados. Papito también se quiere volver y se arrepiente de haber gastado los 300 reales del pasaje en 3 días de alcohol ininterrumpido. Clarice repite que dejó la morfina pero aún conserva la dulzura del opio en la voz. Ramiro rompió los anteojos por ahí, no sabe dónde, y no puede jugar sin anteojos.

Bebemos cerveza Nova Schin acá en la Broduei mientras la ciudad va y viene frente a nuestros ojos. La felicidad artificial amenaza y rodea por todos lados: Ramiro está intranquilo, es fácil determinar ese momento de la noche a partir del cual la cerveza ya no le alcanza. Pronto se levantará y se comprará la primera caipira en las barraquitas de la plaza. Luego pasará al conhaque y de ahí correrá detrás del primer dealer que se le cruce y así Ad infinitum hasta perder la conciencia y caer al suelo.

Todo sucede acá en la Broduei y ya es mucho después de medianoche, tal vez las 2 o las 3. Todos se cuentan algún futuro inminente y falso. Todos de algún modo se sienten culpables de seguir vivos deambulando este mundo incomprensible y cruel.

Y todos sonríen a la cámara cuando ésta los enfoca: la cámara soy yo y registro todo; me llevo cada gesto, cada palabra, cada ilusión perdida.


Autor: Marcelo Lagoa - click sobre el autor para ver sus textos ordenados.



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