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El Misterio de Clarice

1 de Febrero de 2008

Hay olor a hospital en el cuarto de Clarice, aun hoy, que ella se ha ido y el cuarto está vacío, limpio y ordenado, con el mosquitero enrollado sobre la cama esperando nuevos huéspedes. Hay olor a perfume mezclado con remedio, olor a comprimidos encapsulados y perfume barato de clínica suburbana. Pero eso sólo quedará un par de días más y luego será sustituido por los olores propios de las dos chicas ravers que alquilaron su cuarto.

Adriane y João la echaron ayer. Hubo un escándalo grande en la puerta de la posada hace dos noches, una discusión muy fuerte a los gritos a las 5 de la mañana y decidieron rápidamente que Clarice no estaba enferma y que mentía sólo para conseguir un cuarto que seguro le negaron en todas las demás posadas por drogadicta. Básicamente decidieron que no merecía compasión alguna; y le dieron unas horas para que juntara sus cosas y se buscara otro lugar donde vivir.

Yo llego a esta posada el lunes pasado al mediodía, el cuarto de Clarice es el cuarto de al lado, que comparte baño con el mío. La veo por primera vez mientras guardo mis cosas y le hago algunas preguntas a João. Ella deambula por el pasillo y al verme me saluda con una sonrisa lenta y un tímido “oi”. La primera impresión que me deja Clarice es la de una persona totalmente anestesiada, en un estado de suspensión continua, con palabras pausadísimas y extremadamente educada. Una persona que parece ir pidiendo permiso en su paso por la vida, y agradeciendo que la dejen permanecer cerca de los demás.

Mi primer contacto con la historia de su enfermedad se da el primer día; alguien la llama a Adriane diciendo que Clarice está muy mal en un puesto de salud. Adriane corta muy preocupada y a los gritos la manda a su hija al puesto a ver qué le pasa. No me entero de más nada hasta esa misma noche cuando vuelvo de trabajar y veo a Clarice hablando con Adriane en el pasillo afuera de su cuarto. Al pasar la saludo y le pregunto si se encuentra mejor, me responde que sí y me agradece por preguntar.

Al otro día, salgo del cuarto y la saludo, ella está sentada en un banco sobre el pasillo. Me cuenta que lo que le pasó fue un síntoma de abstinencia de la morfina prescrita que consume y que está intentando dejar de a poco. Algo que le está costando mucho, porque una vez que el cuerpo se acostumbra a esa desconexión artificial, le resulta muy difícil abandonarla.

Agrega que primero le han quitado el útero y que luego le quitaron un ovario, que permaneció meses internada en una clínica de Belo Horizonte con biopsias constantes. El día que la estaban por operar para quitarle el otro ovario el médico le dijo que la intervención no se podía realizar, y la enviaron a una clínica del dolor.

En esa clínica según ella, una médica inescrupulosa le prescribió morfina y le fue aumentando las dosis en forma desproporcionada con el objetivo de viciarla. Agrega que esta mujer le daba muchas más dosis de las que necesitaba a propósito y que ahora está en proceso de revertir el terrible mal que le han hecho. Ahora sólo toma una dosis mínima por vía oral, y cada tanto le agarran ataques de abstinencia como el de ayer, que se manifiestan con dolores terribles principalmente en los brazos.

Todo en Clarice está suspendido, como flotando; sus palabras, sus gestos, su voz, su tristeza. Dice que Belo Horizonte era la muerte y que se escapó. Que aquí en Arraial no hay clínicas ni hospitales grandes, sólo está el mar de los días soleados y el recuerdo de los mejores días de su vida.

Arraial era nada en esos días; sólo vegetación tropical, arena y mar, y el gran altiplano sobre el cual yacían la iglesia y el santuario. Había 3 o 4 posadas y pequeños grupos de casas separadas por caminos de tierra, campo y coqueirales.

Eran los 80. Nadie conocía este lugar al que sólo se llegaba cruzando en botes y balsas desde Porto Seguro o por caminos de tierra intransitables desde Eunápolis. No había turistas, ni agua potable y todo se traía desde Porto Seguro una vez por semana. Había algunos hippies, estaban los nativos del lugar y algunas parejas como ella y su marido que se habían enamorado del sitio y no se podían ir. Entonces fue que pusieron una pequeña posada en la Broduei. “Sólo existía la Broduei en esa época, no había más nada”. Dice Clarice mirando la pared del pasillo: “Todo pasaba en la Broduei, por eso le decíamos Broadway”.

“Nos juntábamos ahí a la noche, fumábamos porro, mirábamos la luna llena saliendo del mar atrás de la iglesia”, cuenta Clarice deteniéndose y dejando salir muy suavemente cada palabra: “Essa lua cheia incrivel, desse tamanho enorme como só tem aquí no Arraial”. Se agarra los brazos sentada y mirando el suelo; y continua: “Era una fiesta cuando llegaba de Eunápolis el camión de la cerveza, una vez por semana, los viernes por la noche. Lo esperábamos todos ahí en la Broduei, el pueblo entero, lo abrazábamos al conductor del camión cuando llegaba y festejábamos saltando como locos…”

Clarice mueve sus labios y sonríe como puede detrás de la anestesia, y se queda en silencio. Entonces me despido para ir al trabajo y ella se queda ahí sentada en el pasillo sola, esperando a otro que quiera hablarle.

Esa misma noche, muy tarde, la veo en un bar bebiendo con una hippie que llegó a la posada por la mañana. La saludo al pasar, está sentada en una mesa del Roots con la chica esta y con dos tipos más. Me voy a dormir y no me entero de más nada. Al otro día, de mañana, escucho su voz extremadamente humilde preguntándole a João por qué ya no la saluda y la mira mal. Clarice le habla muy angustiada: “por qué você ja não me fala como antes?”.

Clarice se va después del mediodía y ya no la veo más. Más tarde Muriel me cuenta que hubo una pelea a la madrugada, al parecer Clarice llegó totalmente borracha y pretendía entrar con dos hombres a la posada y meterlos en su cuarto, cosa que João impidió a los gritos con una discusión en la puerta de calle. Al otro día Adriane me dice que la echó, que era una mentirosa, que sólo quería beber, drogarse y tener sexo con la mayor cantidad de hombres posibles. “Y pensar que la mandé a mi hija al puesto de salud para ver que le pasaba… No tenía nada de enferma… Era la droga… Eso era lo que le pasaba. Es adicta a la morfina y quien sabe a cuantas cosas más…”

Intento razonar con Adriane sobre el hecho de que la adicción a la morfina (o a la heroína) es muy rara en Latinoamérica, y agrego que su historia incluía detalles muy minuciosos sobre la enfermedad que difícilmente pudiera inventar alguien que no haya pasado por eso.

Pero es inútil, para Adriane la promiscuidad y el alcoholismo son incompatibles con tener cáncer. Dice que ya conoció a muchas así; dicen que son religiosas, que vienen a rezar a la iglesia y luego se dedican a drogarse y a beber todo lo que pueden. São tudas iguais, só tem vagabunda nesse Arraial, repite mientras superpone dos telas sobre la maquina de coser y las une con una línea que completa un vestido floreado.

Vuelvo a mi cuarto y pienso en Clarice, en su sonrisa anestesiada al saludarme anoche desde el Roots. En lo que me contó Muriel sobre que sus hijas de Belo Horizonte la echaron. Dudo. Recuerdo un texto del escritor chileno Roberto Bolaño poco antes de morir, en el cual decía que cuando la muerte se acerca lo único que se desea es sexo. Tiene sentido: hay algo de supervivencia biológica en eso, de última jugada con lo que queda del cuerpo.

Siento de todos modos que, así sea que Clarice fuera una adicta perdida o una enferma terminal, el sentido profundo es el mismo: el instinto por sobrevivir.

Sobrevivir al rechazo de los demás o sobrevivir a esa muerte inminente ejerciendo la vida que aún le queda. Me pregunto que haría yo si me quedaran meses de vida. Me pregunto que haría yo si estuviera absolutamente solo y perdido y me echaran de todos lados. Me pregunto que harían Adriane y João.

Me quedo mirando el techo de mi cuarto y pienso en Clarice bebiendo y riendo y seduciendo a esos hombres en el Roots con sus últimos restos de femineidad. Pienso en adictos mintiendo con virtuosismo y tejiendo historias perfectas para no ser rechazados por la sociedad. Pienso en una mujer sin útero con dos hombres al mismo tiempo revolcándose en la oscuridad.

Pienso antes de dormirme en el baño compartido allá afuera y en su cuarto vacío, con ese olor a hospital que ya se está yendo, y ese misterio que queda.


Autor: Marcelo Lagoa - click sobre el autor para ver sus textos ordenados.



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