Blog

El hijo que queda

27 de Enero de 2008

Es sábado y hay sol, mucha gente en la playa. Hay una banda de rock y suena “Come Together” en el Mucugê Village. Papito duerme sentado sobre una silla detrás de la banda, lleva un short azul y nada arriba: su delgadez es cada vez más extrema, tiene picaduras y alergias de todo tipo sobre la piel ajada, se ha cortado los mechones de pelo que caían al costado de su cara. Me quedo mirándolo un rato hasta que hay un intervalo en la música y el silencio lo despierta. Me saluda con la mano y un gesto. Los músicos se quitan los instrumentos y bajan por detrás del escenario a tomarse unas cervezas. Papito lo llama al cantante de la banda y cambia un par de frases con él, escucho que le asegura que él vio a los Beatles en vivo cuando estuvo en Europa. El músico pone cara de sorpresa, le sonríe amablemente y se dirige hacia la mesa donde los otros 2 integrantes se sirven una Skol.

No veo a nadie conocido. Me siento en una silla cerca de la cancha de tenis, de frente al mar y de espaldas a la banda que vuelve a tocar. Papito se para y se me acerca, me dice que se quiere volver para la Argentina, que está buscando a alguien en la playa, a un rasta de Vale Verde que le va a conseguir retirar el dinero que le envió su mujer para el pasaje con un mecanismo que no termino de entender. Luego dice que le ocurrió una desgracia muy grande y me vuelve a contar sobre sus hijos muertos. Mira a la banda y alza la voz para que lo escuche, pero la voz no da más. Papito me dice que anoche no debió haber tomado tanta cachaça, que tiene la garganta a la miseria.

Es la primera vez que lo encuentro sobrio, ya no habla a los gritos, ya no me cuenta exageraciones sobre esplendores pasados. Su rostro y su cuerpo son pura tragedia. Quiere volver a Bahía Blanca a ver a su mujer y al hijo que le queda. Pero depende del mecanismo de ese rasta para cobrar el dinero en el correo, porque no tiene documentos, no tiene más un centavo, trabaja en una casa en Vale Verde a cambio de un plato de comida cada tanto y camina decenas de kilómetros por día porque no tiene para ómnibus. Mira hacia la playa y me dice que el rasta tal vez esté vendiendo en alguna playa pero de Trancoso, y que está pensando en ir caminando hasta allá. Le pregunto cuanto tiempo de caminata sería hasta llegar a Trancoso y me responde 3 horas.

Le pregunto que paso con sus documentos y me cuenta que se los robaron junto con la plata al principio en una casa que alquiló cerca de la balsa que cruza a Porto Seguro. Le digo que puede recurrir al consulado, y me contesta que los consulados más cercanos están en Salvador y en San Pablo y que no tiene para el viaje. Dice que está buscando una manera de que lo deporten. Le comento que hay un acuerdo vigente entre Kirchner y Lula y que se suspendieron las deportaciones entre Argentina y Brasil. Me contesta con un gesto de aceptación, como si ya supiera que nada le va a salir bien nunca.

Me repite que está cansado y se le nota en la voz. Me dice que tiene 64 años. Le pregunto cómo es que alguien como él terminó viviendo acá en Arraial d’Ajuda, y me contesta que se tenía que ir de cualquier manera, que era imposible quedarse y que tenía que irse a de ahí lo antes posible. Su hijo mayor rompía todo en la casa, se drogaba desde los 14 años y estuvo internado en un neuropsiquiatrico privado durante la época de la convertibilidad a 2000 dólares por mes. Después vino la gran crisis económica Argentina y la jubilación, y ya no había como pagar el hospital, y el muchacho volvió a su casa en Bahía Blanca con más furia que nunca. A Papito se le acaba la voz, no consigue los decibeles necesarios para superar el solo de guitarra sobre el cover de Deep Purple. Cuando vuelvo a entender lo que me dice, está repitiendo que se tuvo que ir porque el hijo mayor había empezado a golpearlo cada vez con más frecuencia; agrega que su hijo del medio también había empezado a drogarse y ya no lo defendía.

Entonces Hugo, que ya conocía Brasil y que había estado acá en Arraial un tiempo, le propuso venirse y poner un bar en un lugar que él ya tenía visto y reservado para alquilar. Papito vendió un Ford Sierra y Hugo se quedó con toda la plata para financiar el viaje. Luego salieron de Bahia Blanca y fueron hasta Buenos Aires, y desde allí hicieron en sucesivos ómnibus el viaje de 3 días hasta Arraial d’Ajuda. Una vez acá Hugo dejó de pasarle dinero y él se refugió en vale verde. Al mes el hijo del medio se mató con la moto que él le había comprado antes de venir. La mente de su mujer colapsó en Bahía Blanca. El dejó de alimentarse aquí. Se puso anémico. Se recluyó en Vale Verde y lo picaron alacranes, cobras y otras alimañas de la región. Sólo salía para venir a Arraial y beber cachaça en los boxes de la feirinha con la esperanza de morirse pronto. Una noche del ultimo octubre su hijo mayor terminó de romper todo lo que le quedaba en la casa y se tiró abajo de un tren. Ahora Papito sólo quiere volver, quiere ver a su hijo menor que estudia y es un genio de la computación. Y cuidar a su mujer que no puede más. Pero no lo deportan. Y no puede acreditar su identidad en el correo para que le den el dinero del pasaje.

Le digo que tiene que llamar al cónsul en Salvador y contarle su historia, que tienen que mandarle a algún empleado hasta acá para que lo ayuden a volver. Dice que va a tratar eso. Pero después agrega que tal vez el rasta de Vale Verde venga mañana a vender a la playa y le solucione el problema con el correo. Mueve el pie al ritmo del cover de Led Zeppelin pero ya no lo disfruta. Siento que es el momento de hablar de su pasado y de sus esplendores. Me cuenta con una leve sonrisa que fue jugador de fútbol y que llegó a jugar en la primera de San Lorenzo a fines de los 60. Me cuenta que estudiaba bioquímica por las noches. Que Labruna lo probó en Platense. Que jugó contra River y contra Boca.

Me voy un rato a ver la banda de rock desde adelante. La gente salta sosteniendo y balanceando vasos con cerveza Skol. Cuando vuelvo a mirarlo Papito está sentado sobre el pequeño paredón azul que rodea la cancha de tenis. Agarro una raqueta y una pelotita que Ramiro ha dejado apoyadas en una mesa y paso a su lado. Le digo que voy a practicar unos saques. Me sonríe levemente. Quedan sólo algunas manchas de sol en un sector de la cancha. Meto algún saque en el cuadrado, pero la mayoría van afuera bastante lejos. Ramiro dice que hay que tirar la pelota más alto y tomar la raqueta menos plana. Lo intento. Papito sigue sentado por ahí, mira a veces la cancha, a veces el mar, a veces la banda, y a veces la arena bajo sus pies. Cuando se acaban las pelotas del canasto; lo vuelvo a mirar, lo veo levantarse muy lento, agarrar un bolso marinero y empezar a caminar. Dejo la raqueta y me acerco para saludarlo, le doy la mano y le deseo mucha suerte. Me responde con una mirada de infinita incredulidad. Luego se va despacio, encorvado sobre el césped y la arena, y se pierde detrás del puente que cruza el arroyo hacia la estrada.


Autor: Marcelo Lagoa - click sobre el autor para ver sus textos ordenados.



escribir comentario

© ArraialWebdesign 2008
Prohibida la reprodución total o parcial del diseño o las imagenes de este sitio web

Los textos publicados en esta web son propiedad de sus respectivos autores, que se reservan todos los derechos sobre su obra.
Los nombres de lugares y personajes pueden haber sido alterados para proteger su privacidad.
Para reproducción en otros medios y sitios web colocar SIEMPRE el crédito con el nombre del autor correspondiente y un enlace a la fuente original.