El Ritual de la Pipoca
10 de Enero de 2008“No se escuchan los cds”, dice el muchacho mientras apoya el cpu sobre la mesa de trabajo. Empiezo a desarmarlo: es un rejunte infame de partes obsoletas, un amd k6 hecho de piezas que no valen nada vendido al pobre bahianito en varios cientos de reales. Lo abro y conecto el cable del cd en el lugar correcto, le agrego una placa usb, me lo quedo probando un rato mientras Marlene recibe a un par de bahianas que intuyo están para tareas de limpieza. Pero se saludan con un afecto excesivo que no se condice demasiado con una relación patrón empleado, y rápidamente se dirigen todos muy serios a la cocina.
Al k6 le faltan conectar un par de cables más, los conecto más por intuición que por conocimiento de causa, y prendo la maquina con un miedo creciente de que algo explote. Se huele un inconfundible olor a quemado y al rato se oyen cosas que explotan con un ruido más bien leve; no es la computadora, el olor a quemado y las explosiones provienen de la cocina. Pasan varios minutos y Regina me dice que van a cerrar un rato. ¿Será para almorzar? ¿Será que almuerzan con pochoclo? Nada me sorprende na Bahía. Así que sigo dedicado al k6 del muchacho y me doy vuelta para buscar un cable. Hay una vela al pie de la puerta de calle cerrada, no me llama la atención ¿Será algo relacionado con Navidad o año nuevo? El puerto ps2 no funciona pero el USB sí, como el pibe sólo piensa usar el USB Marlene me dice que ni me caliente, que cierre la máquina y pronto.
Estoy 100% concentrado en la reparación del engendro cuando de repente surge una lluvia de pochoclo lejano desde la cocina, al rato aparecen una bahiana desde la cocina y otra desde el laboratorio arrojando el popcorn a diestra y siniestra sobre todo lo que encuentran a su paso: arrojan sobre el escritorio, sobre los remitos, sobre el fax, sobre las computadoras y los insumos nuevos. Arrojan hacia el cielo raso y hacia el piso, hacia las ventanas cerradas, y hacia los cartuchos de impresora alineados sobre un estante, entran en el pasillo en donde reparo y me arrojan pochoclo en la cabeza; miro sus rostros, ninguna expresión, sólo la vista fija en el objetivo inmediato y la concentración propia de la búsqueda de puntería. Llueve pipoca sobre el k6, sobre el teclado, sobre los parlantes potenciados y sobre mí cabeza.
Luego de un tiempo, como toda lluvia, la tormenta de popcorn amaina y da paso a una tensa calma. De pronto las bahianas se acercan con ramas de hojas verdes de árbol no identificado, le pegan a todo con las ramas, a las impresoras descompuestas, a los estantes con cpus obsoletos, le pegan al k6, me pegan a mí en la cabeza y en los hombros como al resto de los objetos inanimados que encuentran en el interior de Macro Informática. Luego vuelven todos a la cocina y me quedo solo inmerso en la desolación pochoclal. Observo alrededor: hay una inundación de pipoca de varios centímetros de espesor sobre el piso.
Pruebo todo en la maquina, la cierro y le digo a Marlene que salgo a almorzar. Me abren la puerta, miro a mis espaldas los restos del ritual y luego sigo camino hacia la posada.
El k6 no volvió a fallar y reproduce los cds perfecto.

Imprimir