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Nativos y gringos

18 de Diciembre de 2007

Es una tarde soleada y estoy libre otra vez, nada que arreglar en Macro Informática, nadie tiene un centavo hasta que lleguen los turistas y nos salven del hambre generalizado, y aún faltan un par de semanas para que esto ocurra. Decido ir a la playa, agarro la Rua dos Flamboyants y luego los caminos de tierra rodeados de mata atlántica: voy hasta el Mucugê Village.

Hay muy poca gente en la playa, ni rastros de Ramiro en la cancha de tenis. Hablo un rato con Zé en la pizzería y luego con Devaldi que está alquilando canoas y se queja como todos; sufrimos amargamente porque esta temporada que viene parece que será la peor de los últimos años. Sólo 3 o 4 mesas ocupadas en el Mucugê Village. Estamos todos sin hacer nada y nos miramos unos a otros a ver si alguien tiene una solución. Al rato aparece también Regibaldo, lo saludo y me pide un cigarrillo como de costumbre, busco y no encuentro, le digo que los dejé en la posada y es verdad. No sé si me cree. Me cuenta que está sin cuarto, viviendo en cualquier lado, y con la idea de ocupar algún lugar propicio. Parece que ya tiene algo visto por ahí.

Regibaldo es un animal de playa y un malandra de primera, es capaz de sobrevivir en cualquier ámbito que incluya arena, mar, bares de playa y extranjeros. A veces vende droga falsa a algún turista distraído, a veces vende entradas para alguna fiesta; de algún modo es capaz de pasar días sin cobrar un centavo y no pasar hambre. Nunca nos tuvimos demasiada simpatía. Ni ahora ni cuando trabajábamos juntos en el restaurante de Isabelle. Pero hoy hemos hablado bastante. El día es perfecto, el cielo limpio, la marea baja y las olas suaves, el azul muy profundo hacia el horizonte y verde turquesa de este lado de los arrecifes. El viento muy suave balancea las hojas de los coqueiros, a los lejos hay un crucero internacional que flota quieto sobre el mar de Araçaipe, o tal vez en Porto Seguro. Arraial está en uno de esos raros días en que parece la Polinesia. Miro hacia un sector de arena vacío y me despido de todos.

Me tiro a tomar sol en un lugar apartado a unos metros de las últimas mesas vacías del Village. Desde aquí puedo ver la barraca de Isabelle a lo lejos, está vacía y en ruinas, nadie la alquilará este año; dicen que Isabelle tuvo un bebé con un yanqui y está bastante más loca que de costumbre: delirios místicos, devoción ciega por la iglesia universal, aseguran por ahí que está a punto de entregarles unos terrenos que tiene por Trancoso y que ya cotizan en euros.

Recuerdo esos días del verano pasado. La facilidad con que Isabelle me dio el puesto de barman, la facilidad con que cualquier hombre no nativo que a ella le gustara conseguía trabajo en su bar / restaurante. Recuerdo las caras poco amistosas de Regibaldo y Tito, que para conseguir algún trabajo allí en el verano debían barrer, ordenar, arreglar los caños de agua del baño, y sobre todo rezar para que no apareciera algún mozo alto y extranjero, y se quedaran sin nada a días de año nuevo. Aparecieron varios, pero luego de escuchar los planes absurdos de Isabelle no aparecieron más y Regibaldo y Tito, se afirmaron como mozos titulares.

Nos hacían la vida imposible a todos los que no éramos nativos, vivían tratando de hacernos equivocar, sobre todo Regibaldo, que siempre destacaba mi lentitud y falta de experiencia en voz alta delante de Isabelle y del socio italiano. Me odiaban a mí básicamente por extranjero, pero también los odiaban a André y a Adriano. André era de Brasilia, vivía fumado todo el día y hacía lo que quería en la barraca, se iba a nadar con el hermano y el sobrinito en hora pico, y resolvía cualquier reclamo de Isabelle mirándola fijo con sus ojos verdes y sonriéndole tiernamente.

Adriano era el chef, Isabelle lo venía seduciendo en todo sentido desde hacía un mes para que fuera el chef de la barraca y le había costado mucho convencerlo. Adriano era el poder en las sombras, además de ser amante de Isabelle era el único que era un verdadero profesional ahí y lo sabía perfectamente: si se le ocurría en algún momento de la tarde que quería tomarse un Johnnie Walker Black Label o medio litro de Jack Daniels, se lo servía y listo. Isabelle se hacía la que no veía y el Italiano hacía cálculos mentales de la pérdida y se tragaba la bronca. Oculto en la cocina no tenía que lidiar demasiado con los mozos nativos. Yo sí. Regibaldo se acercaba a la barra y me gritaba: Eh… aquela gente está esperando essa caipirinha pra hoje barmen, o: tem que colocar um pedaço de limao no copo cara! Você está no Brasil!! Você deixou gelar demais essa cerveja barmen! Siempre utilizaba la palabra barmen para referirse a mí, de la manera más despectiva posible, sabía perfectamente que yo era un impostor, que era tan barman como él ingeniero nuclear. Ahora me causa gracia, pero en ese momento lo odiábamos con toda el alma, tenía un sentido de la maldad muy desarrollado y una habilidad increíble para ensuciarnos y quedar siempre impune. Una tarde le hizo preparar a Adriano un peixe frito complejo y carísimo, y cuando Adriano lo estaba terminando de cocinar hizo que el cliente se fuera y luego empezó a los gritos delante de Isabelle y del italiano, diciendo que el cliente no había aguantado más la tardanza y se había ido indignado. Otro día, luego de que el italiano lo intimara a dejar uno de los cuartos de arriba del restaurante que se había apropiado desde un principio, la barraca amaneció sin agua en todas sus canillas. Isabelle no tardó demasiado en acusar recibo del mensaje mafioso y lo mandó a que reparara el problema. Mientras veía a Regi girar hacia un lado y hacia el otro las tuercas de la bomba de agua comprendió con los ojos inyectados en odio que la única manera de que esta clase de accidentes no volvieran a suceder era que Regibaldo se quedara a “cuidar” la barraca durmiendo de noche en el cuarto de arriba.

Hoy es un día realmente espectacular. Me encanta el reflejo del sol entre las 3 y las 4 de la tarde, las canoas coloridas de Devaldi surcando este lado del arrecife con dos o tres turistas corriendo una improvisada regata. Pero el sol me está aniquilando. Me corro hacia atrás para acercarme a la sombra del cocotero. No demasiado, la sombra se irá acercando sola a medida que se vaya la tarde y el sol se esconda del lado opuesto al mar, a eso de las cinco de la tarde. Pienso que me gustaría tomar una cerveza bien fría en el Village, hay pocos turistas y de los parlantes surge la guitarra y la voz de Jorge Ben cantando una canción sobre una corbata florida, ¿Es samba? ¿Es bossanova? ¿Es soul en cuerdas de nylon? ¿Psicodelia tropical quizás? ¿Es todo eso junto mezclado con una letra lisérgica? No sé, lo que sí sé es que es una obra maestra sin dudas. Y yo me muero por tomarme una bien fría escuchando este disco y contemplando el fin de la tarde desde una mesa como Dios manda. Pero es muy caro acá en esta playa, y tengo que ahorrar si quiero quedarme y sobrevivir a la temporada que empieza pronto. Debo conformarme entonces con la periferia del placer. Miro hacia los turistas, recostados bajo las sombrillas, con la piel dorada y los ojos fijos en este mar irreprochable, sonríen con la boca, con los oídos y con los ojos detrás de los anteojos oscuros y llenan a cada rato sus copos de Skol gelada. Malditos.

Deben ser las 4 ya. Veo a lo lejos a Regibaldo acercarse bordeando la línea que separa la arena de las pequeñas olas que consiguen superar los arrecifes y llegar a la costa. Al verme tirado en la arena sonríe y se acerca. Abre la riñonera y me alcanza un cigarrillo Carlton que consiguió por algún lado. Le agradezco y nos saludamos con saludo bahiano. Enciendo el Carlton y exhalo el humo hacia el cielo limpio. Siento que en la lógica simple de este lugar, he dejado de ser un gringo.


Autor: Marcelo Lagoa - click sobre el autor para ver sus textos ordenados.



1 comentario

  1.  

    muy bueno marce me transporto,parece que estuve dando vueltas por la playa,un capo saludos

     
  2. julian pedevilla el 11 de Enero de 2009 a las 12:53 pm

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