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Papito

14 de Diciembre de 2007

Papito es un argentino que vive hace casi un año en un pueblo llamado Vale Verde, justo a mitad de camino entre Arraial d’Ajuda y Eunápolis. En general no hay extranjeros viviendo en lugares así; sólo nativos e indios pataxós desplazados de la costa por el turismo. Este tipo de sitios son lo que en español se llamaría el medio del campo, la nada, o el desierto, o lo que aquí se conoce simplemente como O sertão. No es que sea realmente un lugar vacío tipo desierto de Atacama, sino que como su nombre lo indica es una especie de valle, medianamente verde, rodeado básicamente por nada vivo.

Sin embargo acá en Bahía a nadie lo engaña el nombre, Vale Verde de valle no tiene casi nada; es sólo el principio del sertão, la frontera del lugar que Dios destinó en la tierra para albergar lo que se conoce como infierno. De este tipo de lugares también proviene una música llamada sertaneja, que es muy posiblemente la más horrible expresión musical que ha dado Brasil a este mundo. La razón es simple: los músicos y compositores de estos parajes suelen estar insolados y subalimentados, y crean sus humildes partituras en general alcoholizados con bebidas de la peor calaña.

Papito vive en este casi sertão desde principios del año pasado. Papito tiene nombre pero no lo usa, casi todos le dicen Papito y algunos Pastilla no queda demasiado claro por qué. Se sabe que tiene 64 años, que se jubiló en Argentina hace un par de años y como muchos otros (varias décadas más jóvenes que él) se vino para Arraial d´Ajuda con la secreta intención de acabar sus días de la peor manera posible.

Como su nombre lo indica se las sabe todas, y las hizo todas: dice que fue empresario, futbolista, músico; que tuvo un barco gigante con el que vino hasta Brasil desde Bahía Blanca, que vivió en Europa muchos años y que de joven recorrió el mundo entero en un barco mercante. Todo lo que ha hecho y vivido, bajo un cálculo rápido, da que Papito en realidad tiene al menos 186 años de vida actualmente.

Su imagen actual es pura decadencia, dos mechones entre rubios y canosos cayendo a cada lado de su cara, una pelada central, una barba blanca muy raleada, y una delgadez extrema propia de sustituir alimentos por cachaça e conhaque. Papito suele hablar siempre a los gritos con todo tipo de latiguillos prefabricados, se sostiene de postes y columnas para no caerse y se dedica a invitar a “su campo” en Vale Verde a todo el que intercambia con él un par de frases. Cuando Ramiro me lo presenta y le dice que también soy argentino, Papito empieza a contarme a los gritos todo lo que es, lo que fue y lo que tiene. Me cuenta que tiene 70000 hectáreas de campo en Vale Verde, que Vale Verde es todo Papito, que los indios lo adoran y al llegar al vale la sola mención de la palabra Papito abre todas las puertas y las tranqueras.

Es una noche normal en Arraial. Papito ahora está parado en el medio del bar de Hugo, apoyado con un brazo en la pared. Su cabeza se mueve mareada con la vista fija en el exterior. Luego gira como puede, me vuelve a contar que hace un año vive en el Vale y ya lo conocen todos y que acá en Arraial no lo conocen porque está todo el mundo drogado. Gira y camina hacia la calle afuera del bar y se para sobre un poste externo para sostenerse. Enciendo un cigarrillo y lo observo. Tengo por un momento la absurda idea de que si lo miro fijo todo el tiempo impediré que caiga desparramado por el suelo y se quiebre algo. Como sigo mirándolo vuelve al rato para hablarme, me pregunta quién soy, qué hago, por qué estoy acá.

Le digo que arreglo computadoras cerca del Posto de gasolina. Sonríe apenas, dice que su hijo menor es un genio de la computación y que un día lo va a traer a vivir acá. Agrega que se las sabe todas y arregla cualquier cosa. Insiste que lo va traer acá a vivir con él, porque con lo que sabe ese pibe va a ganar mucha plata en cualquier lado. Vuelve a girar hacia afuera, mira a los hippies que pasan por afuera, a dos putas que gritan algo ininteligible hacia el interior; se tambalea, balbucea alguna cosa y luego vuelve a los gritos: “Mi pibe es un genio” repite una y otra vez hasta que se queda quieto.

No sé cuanto tiempo así, tal vez sólo unos segundos pero la mirada está tan quieta que parecen minutos que no acaban nunca. Entonces agrega en voz muy baja que los otros dos se le murieron. Me dice como confesándose que fue durante este año, mientras él estaba acá y no se enteraba de nada. Uno en enero y otro hace un par de meses. Respira como resfriado y añade que ni siquiera pudo ir al velorio, porque no puede salir de este lugar de mierda.

Hay un silencio muy largo, luego tose un par de veces y le pregunto qué fue lo que pasó con sus hijos. Me contesta rápido: “me jubilé y le compré la moto esa y me vine para acá…” Hace otra pausa. “Al otro lo agarró un tren hace poco”. Mueve apenas los ojos y la cara en un mareo lento. “Ese se drogaba, qué se yo…”


Autor: Marcelo Lagoa - click sobre el autor para ver sus textos ordenados.



1 comentario

  1.  

    cuantos andan igual que vos,sin embargo nadie lo sabe y vos papito sos popular,estas en internet sin saberlo, acaso sea por pura casualidad o…porque alguien se fijo en vos.un abrazo loco!!

     
  2. julian el 26 de Enero de 2009 a las 3:15 pm

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