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Ramiro y la costurera psicópata

10 de Diciembre de 2007

Ramiro tiene novia nueva. La afortunada es una costurera de Minas Gerais que tiene una puerta en el cuarto abierta hacia la Rua da capoeira, y un cartel colgado en la ventana, escrito a mano con la frase “Costuras em geral”. Cualquiera que pasa por la calle la ve sentada frente a la máquina de coser; todos los días, desde el mediodía hasta que oscurece, dando tijeretazos a diestra y siniestra sobre diferentes tipos de tela y pedaleando sin parar.

En ese cuarto vive Ramiro desde que lo echaron de la última posada: una noche apareció borracho y crackeado a las 3 de la mañana con un dealer sin techo y le pareció buena idea alojarlo en su cuarto. El negro Raimundo se los encontró a las 4 A.M. tirándose a la piscina a los gritos y despertando a todo el mundo. En el momento no le dijo nada y se tragó la furia, esperó que Ramiro saliera temprano al otro día para dar clases de tenis en el Mucugê Village, luego subió las escaleras hasta el primer piso, le abrió el cuarto, y le tiró en el pasillo todo lo que encontró adentro: raquetas, tubos de pelotas, un par de trofeos humildes, colchones, colecciones de latas de guaraná antarctica agujereadas en las puntas con aureolas y cenizas, toda clase de objetos inservibles acumulados en 4 años de exilio arraiano, y un televisor de 14 pulgadas, viejo y descompuesto, recibido de un alumno que decidió unilateralmente que sus perspectivas de tenista no justificaban una inversión con dinero efectivo.

Todo eso además de la voz gruesa, los 120 kilos y los casi 2 metros de altura del negro Raimundo diciéndole que no lo quería ver más por ahí se encontró Ramiro al volver a la posada aquel mediodía. Metió lo que pudo en una carretilla de mano, e insolado por el sol bahiano de diciembre, empezó a caminar otra vez buscando un techo bajo el cual alojar su cambalache ambulante. No se sabe si fue el sol o el hecho de que ya lo habían echado de casi todas las demás posadas de la región que lo decidió a dirigir la carretilla esta vez hacia la Rua da Capoeira.

O sea, y en definitiva, Ramiro ahora tiene casa y novia nueva; bueno, casa y novia tal vez sea exagerado: tiene una mujer que le aguanta los vicios y le provee un techo justo cuando llegan los turistas y los cuartos escasean. Ahora bien, alguno se preguntará con razón cómo es posible que una mujer trabajadora en su sano juicio de un día para el otro ande alojando borrachos y permitiendo que lleguen en estado deplorable a meterse en su cama. La respuesta es simple: ella es más borracha que él y está muy lejos de estar en su sano juicio.

Todo funcionó de maravillas durante algunos días, parecía una luna de miel: se drogaban juntos, mezclaban Skol, conhaque y cachaça en el Dalva hasta que se les acababa la paga diaria, y fumaban crack en las latas de guaraná prolijamente agujereadas. Creo que durante esos días Ramiro sintió que por fin había encontrado lo que buscaba, y todos lo envidiaban por haber resuelto el problema del alojamiento en temporada alta con tamaña destreza.

Sin embargo la felicidad no es eterna y mucho menos en Arraial d’Ajuda, y el último sábado, él y la costurera no tuvieron mejor idea que ir por la noche al Sem Fronteiras con la idea de bailarse algunos forrós y unos cuantos arrochas bien fumados de pedra y cachaceados hasta decir basta.

En este punto empiezan los baches y las elipsis involuntarias en la historia; intentaré reconstruir los hechos mediante algunos testigos: uno de los nativos de la posada de Raimundo cuenta que lo vio a Ramiro cerca de la barra del Sem Fronteiras, con la cara ensangrentada, siendo golpeado por una mujer más bien gordita. Un mozo del Girassol cuenta que lo vio caminando sin rumbo con el pecho ensangrentado y rayado horizontalmente. El pizzero del Mucugé Village, dice que hace dos días que no aparece por la cancha de tenis. El mismo Ramiro tres días después en la cancha del Village me cuenta que estaba bebiendo con alguien cuando la costurera se le tiró encima y empezó a atacarlo. Si se le pregunta como comenzó la pelea, responde que no se acuerda de nada.

Observo las marcas en su pecho y en su espalda, hay de todo: moretones, rayas, círculos concéntricos, magullones amorfos. Le digo que se comenta por ahí que una mujer lo dejó en ese estado. Se hace el distraído. Hasta ahora era normal que lo cagaran a trompadas hombres pero una mujer más bien bajita y regordeta era algo nuevo y comentario obligado en todos los ámbitos. Insisto en que me cuente más detalles y agrega que después del primer ataque él se quedó bebiendo con alguien, y que la costurera se fue para la casa, y al cabo de un par de horas volvió convertida en la autora material del estropicio antes descripto. La cosa parece que luego continua en la casa. Y allí ya no hay más testigos.

Le señalo una marca profunda y larga cerca del hombro izquierdo, le pregunto si fue con la uña; pone cara de duda y me responde con otra pregunta: “¿Te parece que pudo haber sido con la uña? Es como demasiado profunda para haber sido con una uña.” Se mira nuevamente la herida profunda que se ensancha diagonalmente en dirección al centro del pecho.

“¿Vos qué pensás? ¿Con qué habrá sido?” Le pregunto; y veo como desvía la mirada hacia el mar, hoy bastante encrespado por el viento sur.


Autor: Marcelo Lagoa - click sobre el autor para ver sus textos ordenados.



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